Colombia, ¿en una maldición?
Por: Juan Diego Rodríguez Fayad
Desde que descubrí el mundo de las ciencias sociales y
humanas, he analizado insaciablemente las situaciones nacionales que se
desarrollan a lo largo de los años. Siempre me he interesado por el análisis
sociológico de las situaciones que se dan en las sociedades contemporáneas, su
pensamiento y transformación a lo largo de los tramos históricos
trascendentales.
Específicamente, Colombia da mucho para pensar y
analizar, a tal punto que es común olvidarse del espectro internacional. Un
país que no da ni tranquilidad ni paz, y que al contrario genera inseguridad y
ansiedad, no deja tiempo ni disposición para analizar otros contextos ajenos.
En primer lugar, es válido aclarar que la maldición
general, en Colombia, está dada por la suma de varias maldiciones en ámbitos específicos.
Por lo tanto, solo es posible llegar a una conclusión general en tanto se hayan
abarcado en su totalidad cada una de las maldiciones que, a mi consideración,
impiden un progreso estable en el país.
La maldición de los recursos naturales
Quizá esta sea la única maldición comprobada por los
científicos sociales, puesto que no es algo que solo se dé en Colombia, sino
que es un postulado que abarca el análisis de todos los territorios geográficos
para encontrar una tesis estructurada y verídica. La maldición de los recursos
naturales -también llamada paradoja de la abundancia- consiste en una
investigación acerca del uso de los recursos primarios de acuerdo con el nivel
de abundancia que exista en determinado país.
La paradoja de los recursos naturales resume
fácilmente una contradicción al observar y contrastar los países abundantes y
los países con escasez. Las naciones que sean más amplias en cuanto a la disposición
de recursos primarios en su territorio han estado marcadas por el uso
ineficiente de estos y por una menor capacidad de desarrollo socioeconómico.
Por el contrario, se demuestra que los países que sufran de escasez de recursos
naturales tienen una mejor proyección a lo largo de los años, puesto que, con
poco, han sabido administrar eficientemente sus recursos naturales, logrando
así un mayor desarrollo que los países abundantes.
Por ejemplo, tomemos a Colombia y Suiza; país
abundante y escaso respectivamente. El país suramericano es sumamente rico en
cuanto a la obtención de recursos naturales, sin embargo, esto de alguna u otra
manera ha impedido que se desarrolle como debería. Con mayores beneficios
geográficos existe una obligación de obtener un mayor desarrollo que los países
escasos. Lo anterior tanto en el ejemplo como en la mayoría de las
sustracciones posibles, constituye una contradicción, ya que, al contrario de
la lógica, los países escasos obtienen un mayor desarrollo por donde se le
mire, cuando no debería ser así. Si vemos a Suiza, se determina tajantemente
que, ante una evidente escasez de recursos naturales, han sabido darles un
manejo eficiente, además de haber fortalecido otros aspectos. Por lo tanto,
Suiza al pasar de los años ha podido superar los índices de proyección en
cuanto al desarrollo socioeconómico al interior de su territorio.
La maldición de la guerra
En Colombia, con justa razón, se ha tendido a pensar
que una historia que empieza con guerra estará condenada a la misma hasta el
fin de los tiempos. Desde la colonización llevada a cabo por los españoles
hacia mediados del siglo XV, se han experimentado innumerables hechos
violentos. La guerra en Colombia ha sido tan importante que ha determinado en
su totalidad el desarrollo de la historia, puesto que no ha habido otro factor
tan trascendental para poder dar cambios estructurales que la violencia.
Si bien es cierto que este aspecto no atañe únicamente
a Colombia, los demás países han experimentado cambios positivos luego de
eventualidades bélicas, cuestión que en el país pocas veces a ocurrido. Un
hecho violento en la historia de la humanidad ha llevado consigo el pensamiento
de transformación y superación, sin embargo, en Colombia es un suceso que se
traduce en estancamiento, en una cadena perpetua a la violencia y, por tanto, a
la muerte.
Desde que se llevó a cabo la independencia de la
corona española hacia 1819 -el suceso bélico más “positivo” en la historia de
Colombia, pocos países ha sostenido conflictos externos e internos de manera
tan prolongada como este. Guerras vecinas, intervenciones foráneas y conflictos
internos de más de 70 años pueden justificar lo anteriormente dicho.
Ahora bien, como se mencionó, los conflictos de
carácter bélico para la mayoría de los países han desencadenado en profundos
cambios en su forma de pensar y en su forma de actuar como nación o como
región, por lo que cada suceso, dentro de lo que esto conlleva, va con un
augurio de transformación y de renovación que beneficiará a los que siguen en
pie, y de alguna manera hace valer las vidas que se tuvieron que perder para
poder conseguir un progreso.
De ser lo anterior cierto en Colombia, seríamos una
potencia mundial, ya que con tan amplio expediente cada década tendríamos una
transformación interna de mejora. Sin embargo, acá en Colombia, esto es una vil
falacia, al contrario, pareciera que entre más hechos de violencia ocurren, más
nos condenamos a la decadencia, a la crisis y a la desaparición. Las vidas se
pierden por montones, pero esto no significa que se vaya a conseguir algo con
esto, ni mucho menos un cambio positivo.
La maldición Política
Por último, tenemos a la maldición política, la cual
abarca muchos campos derivados de este y por lo tanto se podría considerar como
el de mayor importancia. De hecho, las dos maldiciones anteriores son resultado
de la política, la que tiene el poder de todo.
Esta maldición está dada por un círculo vicioso que
hace parte de la historia colombiana y data de las épocas post-independentistas.
Nunca el pueblo ha tenido la suficiente racionalidad para elegir buenos
gobernantes, siempre ha errado a la hora de hacer política.
Siempre hemos estado gobernados por gente incompetente
que no vela por otros derechos que no sean los suyos y los de su familia. Nos
dicen que somos una democracia representativa con un régimen presidencialista,
empero pareciera que somos una monarquía hegemónica y hereditaria. Nos han
gobernado familias enteras a lo largo de los dos siglos de historia que lleva
el país.
Esto se da por una evidente falta de educación
política, impidiendo elegir a un buen gobernante y acudiendo a prácticas
sumisas frente a las personas que eligen. Nunca se ha logrado entrever las
grandes consecuencias que deja un mal gobernante elegido por un pueblo
ignorante y explotado. El no saber elegir, determina el nivel de desarrollo que
podría tener el país, cuestión que ha quedado totalmente demostrada a lo largo
de estos 200 años de historia.
Los gobernantes colombianos han sido una suma entre
ineficiencia e ineptitud. Las maldiciones tanto de los recursos naturales como
de la guerra han sido acrecentadas en gran parte por la clase de políticos que
han llegado al poder. Nunca ha sido posible el cambio, ya que a este lo matan
mediante los conflictos bélicos que, como se mencionó, implican estancamiento y
una condena de por vida a la violencia y a la muerte.
Se han logrado grandes avances, sin embargo, es
necesario conseguir nuevos métodos para educar políticamente a las personas en
todos los rincones del país, y de esta manera lograr que podamos dirigir la
historia del país hacia un rumbo diferente, el cual empezará solo si elegimos
un buen gobernante.
La maldición social y cultural
Desde los comienzos independentistas de 1810, la
sociedad colombiana ha estado marcada por conductas perjudiciales y dañinas
tanto de ciudadanos como de gobernantes, comportamientos que se han incrustado
en lo más profundo del tejido social hasta la actualidad.
La educación cultural que hemos tenido por decenas de
generaciones ha estado marcada por pensamientos degenerativos que, de manera
implícita, dificultan el progreso de la sociedad colombiana. La corrupción, la
mentira, la violencia, la indiferencia, la sumisión, la hipocresía, el odio, el
racismo y el fanatismo son solo una pequeña parte de las enseñanzas que la
sociedad ha dejado a lo largo de estos 200 años de historia.
Nos enseñan a ser “avispados”, a no ceder, a no
aceptar las realidades cuando no nos convengan y a tomar posiciones tibias sin
determinación. Realmente como ciudadanos colombianos no deberíamos reaccionar
de manera sorpresiva frente a los acontecimientos que se han desarrollado en
nuestra historia, pues cada evento que ocurre demuestra la cruel historia que,
sin darnos cuenta, hemos forjado.
La maldición en este aspecto, en resumidas cuentas,
retrata un círculo vicioso que muestra que el problema es netamente interior y
luego, si se quiere, exterior. Podemos criticar a nuestros gobernantes, pero
dichas críticas se verían inconsistentes en caso de que tengamos las conductas
repudiadas de las clases dominantes en nuestras propias vidas. Es de saberse
que por más inconformidad que exista para con los que gobiernan esta patria, en
algo retratan los pensamientos sociales de una extensa masa poblacional
mediante sus acciones y decisiones.
Conclusión
Un país que no sabe elegir un buen gobernante por
falta de cultura política y social, que disfruta vivir en un mar de mentiras, que
se pasa la mayoría de su tiempo en guerras y que tampoco sabe administrar sus
recursos naturales, está condenada al estancamiento, a la muerte y a la
desaparición. Ingenuo es el pueblo al creer que las cosas podrán cambiar tan
fácilmente, puesto que, si así lo fuera, ya hubiera ocurrido. Cierto es que
ahora, como nunca en la historia, el pueblo está cerca de cambiar su rumbo para
siempre. Podemos soñar, pero también tenemos que esforzarnos si queremos una
transformación contundente y pronta, que rompa ese círculo vicioso tan inmerso
en la esencia nacional, y solo así podremos pensar en un horizonte más
esperanzador.

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