Una transformación democrática impulsada desde la educación

Por: Juan Diego Rodríguez Fayad


Una de las grandes razones por las que la democracia representativa tradicional sigue vigente hasta nuestros días, es porque no se ve una disposición de parte de todos los actores de la sociedad para cambiar el régimen por el cual decidimos el futuro de toda una Nación.

Si analizamos a profundidad el devenir de la problemática, debemos ubicarnos en la institución que por ley y lógica social se encarga de formar ciudadanos; la escuela. Sin embargo, es abismal la distancia entre lo que se tendría hacer y lo que realmente se hace. Se observan temarios que al pasar de los años contienen a las competencias ciudadanas como una nimiedad que “toca cumplir por ley”, porque de lo contrario ni se vería.

Cuando nos enteramos de que ni el Estado ni los actores educativos hacen un mínimo esfuerzo por cambiar las dinámicas con las que se abarca el rol del ciudadano, concluimos que el problema es multidisciplinar y sobre todo algo que solo se puede cambiar si se transforman las concepciones generales sobre lo sociopolítico y la intervención educativa.

Este régimen democrático predominará en tanto no se visualice la imperiosa necesidad de cambiar un modelo educativo que haga comprender a la ciudadanía la importancia de participar activamente en la política. Los estudiantes, paradójicamente, salen con pensamientos adversos a los que se buscan con la inclusión de la enseñanza de temas relacionados con la cultura política y el rol del ciudadano dentro de la sociedad. La abstención y la indiferencia sobre los temas políticos son las practicas más relevantes que hacen las juventudes, ya sea por un desinterés o por la falta de confianza en las instituciones del Estado.

Por otra parte, los estudiantes, en el actual sistema educativo, carecen de carácter critico para con lo sociopolítico. Más allá de lo que puede hacer el estudiante per se, en términos metodológicos no se encuentra una herramienta que ayude a incentivar la critica por parte de los próximos ciudadanos hacía las instituciones políticas. Sin embargo, en los últimos años se han venido dando algunos matices de lo que podría ser una formación del verdadero espíritu critico de la ciudadanía que nunca pierda de vista la noción esencial de la democracia representativa; nosotros somos sus jefes porque los elegimos y confiamos en ellos, no somos sumisos frente a los que piensen validar el saqueo del pueblo trabajador.

El hecho de tener una educación estandarizada genera muchos dilemas frente a la construcción de las ciudadanías en los territorios, recordando que Colombia posee un terreno muy heterogéneo que trae consigo mayores problemáticas como las diferencias culturales y de necesidad. El gasto público dirigido a los territorios no se ve representado por la creación de nuevas ciudadanías ni mucho menos en la transformación de la educación cultural. Es lamentable que, aún cuando los municipios invierten el 58,2% de su presupuesto en educación, sus jóvenes bachilleres terminen migrando por falta de oportunidades y el abandono del Estado, con lo que la inversión realmente no se ve en el municipio.



La transformación del pensamiento para lograr una democracia participativa

Con un cambio en las dinámicas educativas se podrían cambiar percepciones generales sobre las relaciones entre el Estado y la ciudadanía. En primer lugar, se ha visto como el gobierno critica los actos vandálicos utilizando la premisa de la permeabilización cultural por parte de la ciudadanía frente a las obras públicas. Surge una cuestión al respecto: ¿Cómo esperar que la ciudadanía cuide la infraestructura cuando nunca tuvieron la oportunidad de decidir?

Se tiene una ejemplificación directa sobre lo anteriormente planteado. El metro de Medellín y el Transmilenio de Bogotá son las obras infraestructurales más importantes en lo que a movilidad se refiere en todo el país. La población antioqueña defiende a capa y espada el metro de Medellín puesto que fue algo que se consultó previamente y resulto ser muy benéfico para el sector de la movilidad, el turismo y la cultura. Mientras tanto, el Transmilenio capitalino fue una idea que se ejecutó con base en mentiras y ha traído más problemas que soluciones para la gente bogotana.

La principal diferencia radica en que una población acompaño la ejecución de su proyecto y por lo tanto lo defiende culturalmente, mientras que la otra ciudad lo ataca y nunca lo ha cuidado como debería ser, más que nada porque fue una obra de engaño y mentira que en nada ha ayudado a los bogotanos.

La única forma en la que como sociedad nos sintamos orgullosos de nuestras obras y hazañas, será promoviendo un cambio en la formación cultural que haga entender al pueblo que el Estado no es su enemigo y viceversa. Entre mayor incidencia tenga la mayoría de la ciudadanía en las decisiones de orden público, mayor será la permeabilización cultural frente a las obras que se ejecuten, desde las infraestructurales hasta las no tangibles como todo lo legislativo.


La transformación de la sociedad como un todo

Cuando se analizan panoramas sociopolíticos relacionados con la educación, se observa claramente como todas las acciones y dinámicas sociales están plenamente interconectadas y hacen parte de todo el tejido que compone una sociedad cualquiera. Esto quiere decir que, en cierta medida, para que surja un efecto positivo prolongado en algún aspecto, debe haber ciertos cambios en otros sectores sociales.

A continuación, abarcaré el hilo conductor que lleve a la sociedad colombiana hacia un proceso democrático mucho más fortalecido y duradero.

La educación es el origen, ya que con ella podemos formar a todos los actores sociales (profesores, estudiantes, adultos, servidores públicos y ciudadanos en general) sobre la importancia de la política en sus vidas y el por qué se debe participar en ella. Además, se forma el espíritu critico en la mayoría de los ciudadanos para consolidar una sociedad más estable y con fuertes valores culturales.

Luego de que ya se hayan formado fuertes nociones sobre la participación ciudadana, viene la etapa de la acción, de la cual puede hacer parte el Estado y la población o únicamente esta última. El fortalecimiento de las instituciones estatales para la participación ciudadana o el surgimiento de organizaciones autónomas es vital para no quedarse en la planeación y no llevarlo a la ejecución.

La acción que se ejecuta al interior de las organizaciones debe ir encaminada a la creación de nuevos mecanismos de participación, que faciliten la iniciativa ciudadana de cara al planteamiento de nuevas proposiciones que sean acordes con la realidad social que vive cada territorio.

Finalmente, es necesario que se una la ciudadanía como actor fundamental de la sociedad con grupos técnicos que aprueben o nieguen la viabilidad de los proyectos propuestos. Por último, los políticos deberían tomar un papel mucho más útil y menos populista, el de adquirir un rol de vocería frente a las comunidades y los territorios respecto a las decisiones de los habitantes. Así llegaríamos a una democracia estable, flexible y confiable, que por su eficiencia y eficacia muestre a la sociedad el camino del progreso y de la verdad.




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