Una transformación democrática impulsada desde la educación
Si analizamos a profundidad el devenir de la
problemática, debemos ubicarnos en la institución que por ley y lógica social
se encarga de formar ciudadanos; la escuela. Sin embargo, es abismal la
distancia entre lo que se tendría hacer y lo que realmente se hace. Se observan
temarios que al pasar de los años contienen a las competencias ciudadanas como
una nimiedad que “toca cumplir por ley”, porque de lo contrario ni se vería.
Cuando nos enteramos de que ni el Estado ni los
actores educativos hacen un mínimo esfuerzo por cambiar las dinámicas con las
que se abarca el rol del ciudadano, concluimos que el problema es multidisciplinar
y sobre todo algo que solo se puede cambiar si se transforman las concepciones
generales sobre lo sociopolítico y la intervención educativa.
Este régimen democrático predominará en tanto no se visualice
la imperiosa necesidad de cambiar un modelo educativo que haga comprender a la
ciudadanía la importancia de participar activamente en la política. Los
estudiantes, paradójicamente, salen con pensamientos adversos a los que se
buscan con la inclusión de la enseñanza de temas relacionados con la cultura política
y el rol del ciudadano dentro de la sociedad. La abstención y la indiferencia
sobre los temas políticos son las practicas más relevantes que hacen las
juventudes, ya sea por un desinterés o por la falta de confianza en las
instituciones del Estado.
Por otra parte, los estudiantes, en el actual sistema
educativo, carecen de carácter critico para con lo sociopolítico. Más allá de
lo que puede hacer el estudiante per se, en términos metodológicos no se
encuentra una herramienta que ayude a incentivar la critica por parte de los
próximos ciudadanos hacía las instituciones políticas. Sin embargo, en los
últimos años se han venido dando algunos matices de lo que podría ser una
formación del verdadero espíritu critico de la ciudadanía que nunca pierda de vista
la noción esencial de la democracia representativa; nosotros somos sus jefes
porque los elegimos y confiamos en ellos, no somos sumisos frente a los que
piensen validar el saqueo del pueblo trabajador.
El hecho de tener una educación estandarizada genera
muchos dilemas frente a la construcción de las ciudadanías en los territorios,
recordando que Colombia posee un terreno muy heterogéneo que trae consigo
mayores problemáticas como las diferencias culturales y de necesidad. El gasto
público dirigido a los territorios no se ve representado por la creación de
nuevas ciudadanías ni mucho menos en la transformación de la educación
cultural. Es lamentable que, aún cuando los municipios invierten el 58,2% de su
presupuesto en educación, sus jóvenes bachilleres terminen migrando por falta
de oportunidades y el abandono del Estado, con lo que la inversión realmente no
se ve en el municipio.
La transformación del pensamiento para lograr una democracia participativa
Con un cambio en las dinámicas educativas se podrían
cambiar percepciones generales sobre las relaciones entre el Estado y la
ciudadanía. En primer lugar, se ha visto como el gobierno critica los actos
vandálicos utilizando la premisa de la permeabilización cultural por parte de
la ciudadanía frente a las obras públicas. Surge una cuestión al respecto: ¿Cómo
esperar que la ciudadanía cuide la infraestructura cuando nunca tuvieron la oportunidad
de decidir?
Se tiene una ejemplificación directa sobre lo
anteriormente planteado. El metro de Medellín y el Transmilenio de Bogotá son las
obras infraestructurales más importantes en lo que a movilidad se refiere en
todo el país. La población antioqueña defiende a capa y espada el metro de Medellín
puesto que fue algo que se consultó previamente y resulto ser muy benéfico para
el sector de la movilidad, el turismo y la cultura. Mientras tanto, el
Transmilenio capitalino fue una idea que se ejecutó con base en mentiras y ha traído
más problemas que soluciones para la gente bogotana.
La principal diferencia radica en que una población
acompaño la ejecución de su proyecto y por lo tanto lo defiende culturalmente,
mientras que la otra ciudad lo ataca y nunca lo ha cuidado como debería ser,
más que nada porque fue una obra de engaño y mentira que en nada ha ayudado a
los bogotanos.
La única forma en la que como sociedad nos sintamos orgullosos
de nuestras obras y hazañas, será promoviendo un cambio en la formación
cultural que haga entender al pueblo que el Estado no es su enemigo y
viceversa. Entre mayor incidencia tenga la mayoría de la ciudadanía en las
decisiones de orden público, mayor será la permeabilización cultural frente a
las obras que se ejecuten, desde las infraestructurales hasta las no tangibles
como todo lo legislativo.
La transformación de la sociedad como un todo
Cuando se analizan panoramas sociopolíticos
relacionados con la educación, se observa claramente como todas las acciones y dinámicas
sociales están plenamente interconectadas y hacen parte de todo el tejido que
compone una sociedad cualquiera. Esto quiere decir que, en cierta medida, para
que surja un efecto positivo prolongado en algún aspecto, debe haber ciertos
cambios en otros sectores sociales.
A continuación, abarcaré el hilo conductor que lleve a
la sociedad colombiana hacia un proceso democrático mucho más fortalecido y duradero.
La educación es el origen, ya que con ella podemos formar
a todos los actores sociales (profesores, estudiantes, adultos, servidores
públicos y ciudadanos en general) sobre la importancia de la política en sus
vidas y el por qué se debe participar en ella. Además, se forma el espíritu critico
en la mayoría de los ciudadanos para consolidar una sociedad más estable y con
fuertes valores culturales.
Luego de que ya se hayan formado fuertes nociones
sobre la participación ciudadana, viene la etapa de la acción, de la cual puede
hacer parte el Estado y la población o únicamente esta última. El
fortalecimiento de las instituciones estatales para la participación ciudadana
o el surgimiento de organizaciones autónomas es vital para no quedarse en la
planeación y no llevarlo a la ejecución.
La acción que se ejecuta al interior de las
organizaciones debe ir encaminada a la creación de nuevos mecanismos de
participación, que faciliten la iniciativa ciudadana de cara al planteamiento
de nuevas proposiciones que sean acordes con la realidad social que vive cada
territorio.
Finalmente, es necesario que se una la ciudadanía como
actor fundamental de la sociedad con grupos técnicos que aprueben o nieguen la
viabilidad de los proyectos propuestos. Por último, los políticos deberían
tomar un papel mucho más útil y menos populista, el de adquirir un rol de
vocería frente a las comunidades y los territorios respecto a las decisiones de
los habitantes. Así llegaríamos a una democracia estable, flexible y confiable,
que por su eficiencia y eficacia muestre a la sociedad el camino del progreso y
de la verdad.




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